Este producto desea ser el comienzo de una sucesión de medites sobre esta lacra que nos asola y al unísono un homenaje y dignificación para todas y cada una esas personas que han sufrido en sus carnes el mal, la confusión y el silencio que envuelve este fenómeno tan abundante en la sociedad de la cual formamos parte, como irreconocible.

Ciertamente, se estima que una de cada cinco pequeñas o pequeños (bastante más habitual en la situacion de las pequeñas) fué objeto de algún género de abuso infantil, prevaleciendo precisamente el abuso intrafamiliar. Según datos de la fundación ANAR, todavía la figura del padre se destaca entre los atacantes, llegando al 32% el número de casos donde el atacante es el progenitor masculino.

Repetimos que no tenemos ganas remitirnos a estudios teóricos sobre causas y secuelas del abuso sexual en la niñez, sino deseamos ponernos en el papel de la víctima y pensar desde su piel. Esta serie de productos es el resultado de años de terapia con personas que han sufrido abuso de todas y cada una de las edades y desea poner voz y sentimiento a su experiencia y a su padecimiento.

Es por esto que comenzaremos meditando sobre lo que llamo “la niebla”, inspirándonos en el título del libro de Joan Montané y ayudantes, “En el momento en que estuvimos fallecidos”. Como muchos otros maltratos sufridos en la niñez, la víctima recuerda lo sucedido de forma confusa, nublosa o no recuerda de forma directa.

La “niebla” frente al abuso infantil

El primer acto de respeto con un individuo que ha vivido abuso sexual en la niñez es entender, comprender que el primero que no comprende ni entiende es nuestra víctima. Y que oraciones “adultas” y sesudas del tipo, “¡ni está segura de qué ocurrió!”, “¿por qué razón no lo contó antes?”, “¡los pequeños se idean varias cosas!”… son la loseta determinante en el ataúd psicológico y ética en el que vive el abusado.

La primera persona que duda, que se culpa por no haberse defendido, por no haberlo contado, es exactamente la misma víctima. El recuerdo, si lo hay, repito, es nubloso, donde frecuentemente unicamente se recuerda la sensación, no tanto los hechos, y muchas otras, sencillamente, no se recuerda nada.

Como sucede con otro género de traumas, la persona puede olvidar y olvida en verdad el abuso. El cerebro, mediante un eficiente sistema de defensa, se “disocia”, se “desconecta” de lo ocurrido de diferentes formas.

Muy frecuentemente, tienen la posibilidad de rememorar el fragancia, la atmósfera, o los sonidos de en el momento en que ocurría el abuso y ser inútiles de rememorar las imágenes del mismo, o del revés, poder admitir los sentimientos expertos en aquel instante, pero no los hechos precisos que los provocaron. Asimismo logramos hallar casos donde hace aparición el recuerdo nítido de contar a alguien próximo lo que le hacía el abusador, y no obstante no tener ningún recuerdo directo de la convivencia con exactamente el mismo.

El cerebro del niño se desconecta para eludir el mal. Frente a una indefensión prolongada se activa el sistema haragán dorsal que pone en marcha el desarrollo de inmovilización, de congelación, llevando a una experiencia donde se disocia la conducta de la emoción. Ese mecanismo disociativo deja proseguir subsistiendo en contacto con el abusador.

El niño, en dependencia de la edad, con mayor o menor intensidad y con mayor o menor confusión, nace a la activación sexual, genital, en una edad donde o no se ha creado biológicamente lo bastante, o no posee una seguridad racional de lo que sucede. Tengamos presente que el abusador es, la mayoria de las veces, una figura de ascendencia, frecuentemente cariñosa, para el niño o pequeña.

Abuso sexual infantil

La problemática administración del malestar

Aprecio, vínculo, apego, activación sexual, desborde sensorial… todo queda entrelazado, todo lo mencionado resulta realmente difícil de ordenar, y mucho más en el momento en que semeja no acontecer y absolutamente nadie charla de esto.

Esa persona, el abusador, es en teoría asegurador y de todos modos cree estimar al niño o la pequeña, con lo que resulta comprensible que ese niño o pequeña no desee perder ese aprecio, ese apego, ese vínculo; de forma que lo que ocurre “no es malo” si bien haya instantes en que la víctima llegue a sentirlo como malo. O, dicho de otro modo, si es algo malo, no conveniente, no posiblemente el “malo” o “horrible” sea la figura adulta. Esto es, la única explicación elogiable para la cabeza del niño es que el “malo” o “el que hace esa maldad” es mismo.

En nuestra extensa experiencia, en la absoluta mayoría de las situaciones de abuso infantil, la víctima, en el momento en que empieza a atisbar la experiencia vivida, se siente como culpable, como responsable.

A ello debemos añadir las respuestas, en muchas oportunidades desilusionantes de la madre, o el padre o el abuelo en el momento en que el niño o la pequeña cuentan lo que les hace algún integrante de exactamente la misma familia o próximo afectivamente. Frecuenta desatenderse, ignorar el mensaje recibido, olvidar el delito escuchado. Bien por el hecho de que resulta inaceptable asumir el mal del niño, mirarse a uno mismo y asumir la carencia de visión o pues se destaca el bien de la institución familiar, y al final, se recurre al “cosas de pequeños”, “es realmente difícil”… con lo que la víctima interioriza visto que contar lo que sucede pone en riesgo la composición familiar o destruye a algún integrante familiar del ambiente popular próximo.

M. J. Horowitz llega a asegurar que entre las causas para el olvido inconsciente de los recuerdos de abuso debe ver nada menos que con la “preservación del amor de los otros”, bien de la persona a la que se le cuenta o de la persona que perpetra el abuso.

Imaginemos la “niebla” de confusión donde vive el niño o pequeña y que se extenderá agregando explicaciones mágicas, disfuncionales y siempre y en todo momento anulantes y minusvalorantes a lo largo del resto de su historia. Vamos a seguir meditando y profundizando sobre esta cuestión en próximos productos.

Creador: Javier Elcarte, sicólogo experto en trauma. Principal creador y directivo de Vitaliza.

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